Soy una mujer de cuarenta años, se
puede decir que tengo la vida perfecta, pues resulta que hace diez años me
decidí ser la mejor maestra de literatura española, ello me llevó a escribir
una serie de seis libros (voy por el séptimo) en donde voy demostrando una
teoría que ni yo misma sé de lo que trata.
Bueno además de ello, estoy a punto de casarme, aunque como dije líneas arriba
no sé de lo que trata mi teoría, pero una de las pocas cosas que sé es que no
debería casarme, porque estaría cometiendo un error calificado de idealista,
según mis concepciones teóricas. Sin embargo, llevo en mi dedo anular izquierdo
un hermoso anillo que lleva una piedrecita que según los entendidos vale un par
de sueldos de mi futuro marido.
Pero resulta que toda esta perorata
la escribo porque aunque tengo lo que los entendidos llaman una buena vida,
dentro de mí hay unas preguntas: ¿de qué rayos se trata la vida? ¿Por
qué no siento que la felicidad me abarca constantemente? ¿Por qué debo
perseguir la felicidad, por qué ella no me persigue a mí?
Como les contaba inicialmente hace
diez años cuando se me acabó la juventud y me vi acorralada por la obligación
del éxito, aparté de mí todo aquello que me impedía ser “feliz” y para lograr
eso tuve que apartar de mi lado el único sentimiento real de lo que se llama amor.
Y es que nunca más volví a sentir esa felicidad que te da el estar enamorada,
nunca más volví a cantar, nunca más mi rostro y mi cuerpo reflejaron esa sombra
llamada amor, muy por el contrario, creo que siempre tuve una sombra extraña.
Hace diez años, exactamente un 20 de febrero, fue que rompí el único vínculo
que me mantenía atada al único hombre que amé y que hubiera amado hasta el fin.
Recuerdo que le escribí una carta, luego la rompí, después de un mes volví a
escribir otra carta de diez líneas o quince y se la envié, eran unas líneas que
reflejaban mi necesidad de olvidarlo, de no saberlo dentro de mi alma, pero era
tan fría, no reflejaba en lo absoluto el dolor del olvido o de la necesidad del olvido.
Cuando respondió mi pequeña carta,
su mensaje fue mucho más escueto que el mío, siempre creí que había una pena
forzada y hoy que volví a leerla, lo comprobé. Han pasado diez años y
nunca más supe de él, nunca más le vi el rostro, nunca más volví a mirar sus
ojos, pero ese dolor inmenso del recuerdo, de la tristeza no ha calmado en lo
absoluto, sigo queriéndolo, el amor que siento por él, está intacto, perfecto,
amoldado, tatuado en la memoria y en el alma. Él ahora debe tener cincuenta
años, imagino que está casado, quizás con algún hijo, no lo sé. Aunque pude o puedo
llamarlo por teléfono, nunca lo hice, él tampoco, jamás me volvió a escribir,
nunca me llamó, jamás se cruzó por mi camino, por el contrario siempre supe que
para él fue un alivio que yo decidiera salir de su vida.
No sé que estoy haciendo con mi
vida, me veo escribiendo esta especie de diario, con mi futuro marido echado a
menos de dos metros, con el que hace menos de dos horas estuvimos haciéndonos el
amor, escuchando sus gemidos de placer, sintiendo sus besos honestos, sus
caricias perfectas. Pero al verlo dormido, no veo al ser
más varonil que nunca antes haya visto, respirando fuerte, con el exacto exceso de sudor en el cuerpo, no siento esa necesidad de abrazarlo
y desearlo. Creo que sólo lo necesito, sin quererlo, sin desearlo, sin amarlo.
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