sábado, 15 de noviembre de 2014

Aquella tarde

Tu presencia empieza a disolverse. No hay espalda, ni voz, ni ausencia
solo error.
Sobre el piso explotó la careta y te veo frágil. Tan común.
Nuestros cuerpos no se reconocieron
fue solo el impulso, el posible deseo, el recuerdo.

Te abandono como a un recuerdo intrascendente
quedaste anulado de mi laberinto.
Adiós ausencia vespertina
adiós presencia inconstante
magna sonrisa que se me escapa al oír tus pasos
poco a poco distanciarse.   

lunes, 10 de noviembre de 2014

La angustia y los dioses

-        
  -         - Y ¿para aplacar las angustias?
-          - Varios dioses

Por ello el parlante inunda la habitación con el disco de Charly, García, obviamente. Era la segunda semana, no llegaba la llamada ansiada. Charly aplacaba la angustia, él sabía lo que era convertir este mundo en lo que se antojaba. Y se me antoja tu voz y el jueguito de manos y el baile huachafito y la sonrisa como estampa y tú. Charly te me pones sentimental, me apuñalas con tu Eiti leda. No, no, nos hagamos esto, regálame otra melodía. Y que esté en mi cama viernes y domingo... Sí eso es lo que necesitamos, una solicitud, un pedido urgente o urgentemente sentimental que a estas alturas ya es lo mismo.


Al fin tu voz detrás de la línea telefónica. Ha sido un completo fracaso, lleno de silencios incómodos, de sonrisas forzadas, frases trilladas y una apremiante necesidad de terminar esa conversación. Se perdió la angustia o para ser más precisos la antigua volvió a reinar. Quiero decir, vuelvo a tener el deseo de oír una voz, pero esta vez ya sé que no es la tuya. Y hoy que enloquecido vuelvo, no queda más que viento… Cierto flaco tú lo dices mejor que yo. Volvió la angustia, volvió con otro dios, con Spinetta.



Pero, no, me niego a ser tan lúgubre esta noche, vente conmigo Pappo, cántame.


Le he pedido tanto a Dios,
que al final oyó mi voz,
por la noche a más tardar
yendo juntos a la par…

domingo, 9 de noviembre de 2014

El alma atropellada

Esta mañana mi clásica rutina del desayuno, mi salida de casa al mediodía, como siempre apresurada. Voy caminando las interminables siete cuadras que me distancian de la universidad. Fue entonces que la historia se volvió a repetir. Un auto frenó intempestivamente delante de mí. Un Mitsubishi verde y el conductor que era un tipo de cabello lacio largo se quedó mirándome atónito. Me sentí presa entre la histeria y el temor. Volví a ver esos ojos después de tres años, el efecto fue instantáneo. Él salió del auto y su voz, aquella que nunca se borró de mi memoria, volvió a retumbar en aquella alma perdida que ahora me pesaba un par de toneladas. Mis rodillas no respondían, pero no había sido por el cuasi atropello físico. Ellas no funcionaban porque mi alma acababa de ser arrollada. Era él. Su rostro, su voz, su lacio cabello, su mentón, sus ojos enormes y sus manos.
-          ¡Estás bien! Por favor, Li. Contéstame. ¡Qué te hice! ¡Te lastimé!
-          No. Sí. Creo que no. No lo sé.
Se acercó quiso ayudarme a moverme, pero tuve una reacción inmediata. Levanté la mano como para protegerme de él. Dejé la voz dubitativa anterior y con voz imponente le dije: no me toques.
Ambos nos miramos a los ojos. Yo los tenía lleno de lágrimas contenidas. Él volvió a preguntarme, se llevó las manos a la cabeza, volvió a tener la intensión de tocarme. Yo estaba paralizada y llena de lágrimas. Su auto se había detenido un par de milímetros antes de tocarme. Físicamente estaba intacta. Pero volver a verlo, me reventó el alma. Él volvió a la carga.
-          ¿Te golpee? ¿qué te duele? ¡Por qué me pides que no te toque! ¿Por qué lloras!
-          No lo sé. No puedo moverme. Pero no, creo que no me golpeaste.
-          Déjame verte. ¿Debo llevarte a un hospital? ¿Qué hago, Li? ¿Qué hago?
-          No sé… no puedo moverme. El susto, quizás.
-          ¿Segura?
Quería gritarle, que era evidente. No fue el susto del cuasi atropello. Era él. Nunca se había ido de mi alma. Desde que él se fue nunca supe dónde se escabulló mi alma. Solo sabía que al igual que él, ya no estaba conmigo, pero su recuerdo… su recuerdo me invadía.
Finalmente, pude moverme. Pero lo que no pude ocultar fueron los lagrimones, se me cayeron uno tras otro.
Le dije que no pasaba nada, mentí evidentemente, y seguí mi rumbo. No escuché ni una palabra suya. Tampoco voltee a mirarlo, seguí de frente hasta entrar a la universidad. Saludé con una clásica sonrisa hipócrita y me fui directamente al baño. Agradecí que no haya nadie, ni bien di un paso dentro, pude derrumbarme. Toda nuestra historia volvió a mi mente.
Nosotros nos habíamos conocido seis años atrás. Nuestra relación amical fue de apenas dos semanas. Casi instantáneamente nos enamoramos. Era la relación perfecta. Las dosis necesarias de risa y de pasión y de silencio y de música y de libros y de placer. Vivimos juntos cerca de dos años. Nunca sospeché nada de la traición. Hasta el día que me robaron la cartera y tuve que retornar del aeropuerto sin poder dar ningún tipo de aviso. Al llegar a casa, el silencio ya me anunciaba que nada iba a estar bien. Luego, los gemidos femeninos que se confundían con los de él. Fui hacia la habitación, la puerta estaba abierta y los vi. Ella me miró a los ojos y me sonrió con toda su podrida locura. Me quedé inmovilizada y boquiabierta. Hasta que después de unos infinitos segundos. Sus ojos me vieron y se espantaron con mi presencia. Enloquecí y empecé a tirarles todos mis zapatos, gritaba y lloraba con furia. Los latidos de mi corazón se aceleraban terriblemente, hasta que no pude soportarlo más. Tuve un infarto.
Desperté en el hospital. Tenía a mi padre, mirándome con preocupación, giré la cabeza y él estaba ahí, sentado. Al verme despertar, los dos llamaron al doctor a gritos. Durante esos segundos me sentí confundida. Preguntaba qué había sucedido y ninguno de los dos me contestaba, solo me decía que me mantenga tranquila. Llegó el doctor y les pidió  a los dos que se retiraran.
-          Doctor ¿qué me pasó?
-          Tuviste un infarto, hija.
-          ¿Por qué?
-          No lo sabemos. Su esposo nos dijo que la había encontrado en ese estado. ¿tú recuerdas algo?
-          ¿Mi esposo?
Lentamente los recuerdos volvieron a mi mente, los volví a ver desnudos, envueltos en mis sábanas. Volví a sentir una taquicardia. El aparato que medía mi corazón, empezó a inquietarse.
-          Tienes que relajarte. Sea lo que sea que hayas recordado, debes intentar manejarlo. Voy a tener que darte un calmante.
Después de esa conversación, perdí el habla. Nunca le conté a nadie lo que había sucedido. Mi familia y amigos me visitaban en el hospital, me hablaban pero yo no podía contestarles. Me había convertido en un zombi mudo que se quedaba perdida mirando un punto inexistente. Después de unas semanas, desocupé la cama de la clínica y me trasladaron a un hospital psiquiátrico. A veces quería hablar, pero era como si lo hubiese olvidado. Él tenía el descaro de ir a visitarme e intentaba tomarme la mano cuando aparentaba estar dormida.
Durante mi etapa de afasia, él jamás contó lo que había originado mi infarto. Durante el tiempo que estuve en el hospital psiquiátrico, intentaron por todos los medios que volviera a hablar. No tenía ningún problema físico, mi problema era el alma, ella era quien no podía hablar.
Estuve cerca de cinco meses en el hospital siquiátrico. Pedí que se le prohibiera el ingreso. La enfermera me contaba que él volvía cada día. Ella sin conocer nada, con voz dulce me decía: deberías dejarlo entrar a verte. Un día se va a cansar y ya no volverá.
Por fin un día pude hablar. La enfermera como era clásico me decía que él estaba afuera. Mi voz clara le dijo: déjalo entrar. Ella se volteó me miró sorprendida y entre dientes susurró: habló.
Salió de mi habitación y escuché que emocionada decía: al fin sucedió, no solo habló, también quiere verte. Él contesto con voz temerosa: ¿habló? ¿Quiere verme?
Fue la última vez que escuché su voz. Hasta esta mañana que su presencia, volvió a atropellarme. 

martes, 4 de noviembre de 2014

Seducida por un cronopio


Desde que lo conocí, me sorprendió. Fue el único autor que me dio la posibilidad de escoger, el único que me entregó libertad a puñados. Siempre he querido leer en “desorden” y me estresa esa imposibilidad. Pero ahí estaba esa novela que me decía léela como tú quieras realicé mi sueño, leía un capítulo, me introducía al medio del libro, al principio, al fin, al capítulo par, al capítulo impar y ahí estaba la Maga y Horacio y Oliveira y yo.

Recuerdo también que alguna tarde mis padres tenían visita, era una amiga de ellos, conocida por mí como la tía Ivana. Hablaban de Rayuela y daban comentarios muy torpes, el que se llevó el premio fue: No se entiende. Cómo se va entender, si ni orden tiene. Recuerdo que tuve mi primera manifestación literaria Rayuela no fue escrita para ser entendida, está para ser sentida, para confundirnos y sojuzgarnos. Todos esos ojos me miraron y tampoco me entendieron.

Afortunadamente, pude reencontrarlo años después. Desde entonces lo busco y lo encuentro, constantemente. Lo escucho, lo leo y lo veo. Su caminar pausado, sus gestos exactos, sus palabras precisas, su intensa mirada, su r nasal. Es más que evidente que tengo idealizada su imagen. Siempre he creído o mejor dicho, querido encontrarme con alguien como él. Pero cada vez que conozco un antipático escritor, pintor o poeta que también lo admiran, solo veo una espantosa copia. No tienen su tino, sus gestos, su actitud, ellos lo que tienen es esa imperiosa necesidad de tener la fama de  Julio Cortázar. Y es que no lo entienden el genio es un cronopio, no es un fama. 

miércoles, 29 de octubre de 2014

Soledades

Bordear los treinta años y no casarte parece ser un gran problema para los padres. ¡Oh! Claro que estamos hablando de una mujer. Nos guste o no, la liberación femenina no hizo mucho por nosotras. Les cuento porqué, hoy por la mañana mi madre vino a visitarme con la firme convicción de que debería casarme. Sí, no me equivoco, utilizó debería.  Empezó hablando de lo terrible que es la soledad, de la necesidad imperiosa de tener hijos, sobre todo para una mujer. Así es, no vuelvo a equivocarme, sobre todo para una mujer. Habló de otros factores esenciales del matrimonio a los que la verdad no le presté mucha importancia. Pero ahora que vuelve a abrazarme con infinita ternura el insomnio recuerdo sus palabras y me pregunto ¿cuán esencial para la vida de una mujer es tener a un hombre al lado? O ¿cuán esencial para una mujer es rodearse de hijos? Obviamente no he llegado a una respuesta afirmativa. Lo que me intriga más es pensar que mi madre se casó porque no pudo tolerar la soledad y tuvo a sus hijos porque le somos necesarios.


Es cierto, la soledad a veces es desagradable, pero creo que más desagradable es resistir las manías de un adorado desconocido. Peor aún tolerar más vidas que serán inexorablemente parte de la mía. Lo siento querida madre, soy una egoísta. Esta vida me obliga a seguir tolerando única y exclusivamente mis manías. Pero me quedo con la duda ¿fue tan terrible la soledad de mi madre que decidió convivir con una ajena? 


lunes, 16 de septiembre de 2013

Soy una mujer de cuarenta años, se puede decir que tengo la vida perfecta, pues resulta que hace diez años me decidí ser la mejor maestra de literatura española, ello me llevó a escribir una serie de seis libros (voy por el séptimo) en donde voy demostrando una teoría que ni yo misma sé de lo  que trata. Bueno además de ello, estoy a punto de casarme, aunque como dije líneas arriba no sé de lo que trata mi teoría, pero una de las pocas cosas que sé es que no debería casarme, porque estaría cometiendo un error calificado de idealista, según mis concepciones teóricas. Sin embargo, llevo en mi dedo anular izquierdo un hermoso anillo que lleva una piedrecita que según los entendidos vale un par de sueldos de mi futuro marido.
Pero resulta que toda esta perorata la escribo porque aunque tengo lo que los entendidos llaman una buena vida, dentro de mí hay unas preguntas: ¿de qué rayos se trata la vida? ¿Por qué no siento que la felicidad me abarca constantemente? ¿Por qué debo perseguir la felicidad, por qué ella no me persigue a mí?
Como les contaba inicialmente hace diez años cuando se me acabó la juventud y me vi acorralada por la obligación del éxito, aparté de mí todo aquello que me impedía ser “feliz” y para lograr eso tuve que apartar de mi lado el único sentimiento real de lo que se llama amor. Y es que nunca más volví a sentir esa felicidad que te da el estar enamorada, nunca más volví a cantar, nunca más mi rostro y mi cuerpo reflejaron esa sombra llamada amor, muy por el contrario, creo que siempre tuve una sombra extraña. Hace diez años, exactamente un 20 de febrero, fue que rompí el único vínculo que me mantenía atada al único hombre que amé y que hubiera amado hasta el fin. Recuerdo que le escribí una carta, luego la rompí, después de un mes volví a escribir otra carta de diez líneas o quince y se la envié, eran unas líneas que reflejaban mi necesidad de olvidarlo, de no saberlo dentro de mi alma, pero era tan fría, no reflejaba en lo absoluto el dolor del olvido o de la necesidad del olvido.
Cuando respondió mi pequeña carta, su mensaje fue mucho más escueto que el mío, siempre creí que había una pena forzada y hoy que volví a leerla, lo comprobé. Han pasado diez años y nunca más supe de él, nunca más le vi el rostro, nunca más volví a mirar sus ojos, pero ese dolor inmenso del recuerdo, de la tristeza no ha calmado en lo absoluto, sigo queriéndolo, el amor que siento por él, está intacto, perfecto, amoldado, tatuado en la memoria y en el alma. Él ahora debe tener cincuenta años, imagino que está casado, quizás con algún hijo, no lo sé. Aunque pude o puedo llamarlo por teléfono, nunca lo hice, él tampoco, jamás me volvió a escribir, nunca me llamó, jamás se cruzó por mi camino, por el contrario siempre supe que para él fue un alivio que yo decidiera salir de su vida.

No sé que estoy haciendo con mi vida, me veo escribiendo esta especie de diario, con mi futuro marido echado a menos de dos metros, con el que hace menos de dos horas estuvimos haciéndonos el amor, escuchando sus gemidos de placer, sintiendo sus besos honestos, sus caricias perfectas. Pero al verlo dormido, no veo al ser más varonil que nunca antes haya visto, respirando fuerte, con el exacto exceso de sudor en el cuerpo, no siento esa necesidad de abrazarlo y desearlo. Creo que sólo lo necesito, sin quererlo, sin desearlo, sin amarlo.