domingo, 9 de noviembre de 2014

El alma atropellada

Esta mañana mi clásica rutina del desayuno, mi salida de casa al mediodía, como siempre apresurada. Voy caminando las interminables siete cuadras que me distancian de la universidad. Fue entonces que la historia se volvió a repetir. Un auto frenó intempestivamente delante de mí. Un Mitsubishi verde y el conductor que era un tipo de cabello lacio largo se quedó mirándome atónito. Me sentí presa entre la histeria y el temor. Volví a ver esos ojos después de tres años, el efecto fue instantáneo. Él salió del auto y su voz, aquella que nunca se borró de mi memoria, volvió a retumbar en aquella alma perdida que ahora me pesaba un par de toneladas. Mis rodillas no respondían, pero no había sido por el cuasi atropello físico. Ellas no funcionaban porque mi alma acababa de ser arrollada. Era él. Su rostro, su voz, su lacio cabello, su mentón, sus ojos enormes y sus manos.
-          ¡Estás bien! Por favor, Li. Contéstame. ¡Qué te hice! ¡Te lastimé!
-          No. Sí. Creo que no. No lo sé.
Se acercó quiso ayudarme a moverme, pero tuve una reacción inmediata. Levanté la mano como para protegerme de él. Dejé la voz dubitativa anterior y con voz imponente le dije: no me toques.
Ambos nos miramos a los ojos. Yo los tenía lleno de lágrimas contenidas. Él volvió a preguntarme, se llevó las manos a la cabeza, volvió a tener la intensión de tocarme. Yo estaba paralizada y llena de lágrimas. Su auto se había detenido un par de milímetros antes de tocarme. Físicamente estaba intacta. Pero volver a verlo, me reventó el alma. Él volvió a la carga.
-          ¿Te golpee? ¿qué te duele? ¡Por qué me pides que no te toque! ¿Por qué lloras!
-          No lo sé. No puedo moverme. Pero no, creo que no me golpeaste.
-          Déjame verte. ¿Debo llevarte a un hospital? ¿Qué hago, Li? ¿Qué hago?
-          No sé… no puedo moverme. El susto, quizás.
-          ¿Segura?
Quería gritarle, que era evidente. No fue el susto del cuasi atropello. Era él. Nunca se había ido de mi alma. Desde que él se fue nunca supe dónde se escabulló mi alma. Solo sabía que al igual que él, ya no estaba conmigo, pero su recuerdo… su recuerdo me invadía.
Finalmente, pude moverme. Pero lo que no pude ocultar fueron los lagrimones, se me cayeron uno tras otro.
Le dije que no pasaba nada, mentí evidentemente, y seguí mi rumbo. No escuché ni una palabra suya. Tampoco voltee a mirarlo, seguí de frente hasta entrar a la universidad. Saludé con una clásica sonrisa hipócrita y me fui directamente al baño. Agradecí que no haya nadie, ni bien di un paso dentro, pude derrumbarme. Toda nuestra historia volvió a mi mente.
Nosotros nos habíamos conocido seis años atrás. Nuestra relación amical fue de apenas dos semanas. Casi instantáneamente nos enamoramos. Era la relación perfecta. Las dosis necesarias de risa y de pasión y de silencio y de música y de libros y de placer. Vivimos juntos cerca de dos años. Nunca sospeché nada de la traición. Hasta el día que me robaron la cartera y tuve que retornar del aeropuerto sin poder dar ningún tipo de aviso. Al llegar a casa, el silencio ya me anunciaba que nada iba a estar bien. Luego, los gemidos femeninos que se confundían con los de él. Fui hacia la habitación, la puerta estaba abierta y los vi. Ella me miró a los ojos y me sonrió con toda su podrida locura. Me quedé inmovilizada y boquiabierta. Hasta que después de unos infinitos segundos. Sus ojos me vieron y se espantaron con mi presencia. Enloquecí y empecé a tirarles todos mis zapatos, gritaba y lloraba con furia. Los latidos de mi corazón se aceleraban terriblemente, hasta que no pude soportarlo más. Tuve un infarto.
Desperté en el hospital. Tenía a mi padre, mirándome con preocupación, giré la cabeza y él estaba ahí, sentado. Al verme despertar, los dos llamaron al doctor a gritos. Durante esos segundos me sentí confundida. Preguntaba qué había sucedido y ninguno de los dos me contestaba, solo me decía que me mantenga tranquila. Llegó el doctor y les pidió  a los dos que se retiraran.
-          Doctor ¿qué me pasó?
-          Tuviste un infarto, hija.
-          ¿Por qué?
-          No lo sabemos. Su esposo nos dijo que la había encontrado en ese estado. ¿tú recuerdas algo?
-          ¿Mi esposo?
Lentamente los recuerdos volvieron a mi mente, los volví a ver desnudos, envueltos en mis sábanas. Volví a sentir una taquicardia. El aparato que medía mi corazón, empezó a inquietarse.
-          Tienes que relajarte. Sea lo que sea que hayas recordado, debes intentar manejarlo. Voy a tener que darte un calmante.
Después de esa conversación, perdí el habla. Nunca le conté a nadie lo que había sucedido. Mi familia y amigos me visitaban en el hospital, me hablaban pero yo no podía contestarles. Me había convertido en un zombi mudo que se quedaba perdida mirando un punto inexistente. Después de unas semanas, desocupé la cama de la clínica y me trasladaron a un hospital psiquiátrico. A veces quería hablar, pero era como si lo hubiese olvidado. Él tenía el descaro de ir a visitarme e intentaba tomarme la mano cuando aparentaba estar dormida.
Durante mi etapa de afasia, él jamás contó lo que había originado mi infarto. Durante el tiempo que estuve en el hospital psiquiátrico, intentaron por todos los medios que volviera a hablar. No tenía ningún problema físico, mi problema era el alma, ella era quien no podía hablar.
Estuve cerca de cinco meses en el hospital siquiátrico. Pedí que se le prohibiera el ingreso. La enfermera me contaba que él volvía cada día. Ella sin conocer nada, con voz dulce me decía: deberías dejarlo entrar a verte. Un día se va a cansar y ya no volverá.
Por fin un día pude hablar. La enfermera como era clásico me decía que él estaba afuera. Mi voz clara le dijo: déjalo entrar. Ella se volteó me miró sorprendida y entre dientes susurró: habló.
Salió de mi habitación y escuché que emocionada decía: al fin sucedió, no solo habló, también quiere verte. Él contesto con voz temerosa: ¿habló? ¿Quiere verme?
Fue la última vez que escuché su voz. Hasta esta mañana que su presencia, volvió a atropellarme. 

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