Desde que lo conocí, me
sorprendió. Fue el único autor que me dio la posibilidad de escoger, el único que
me entregó libertad a puñados. Siempre he querido leer en “desorden” y me
estresa esa imposibilidad. Pero ahí estaba esa novela que me decía léela como tú quieras realicé mi sueño,
leía un capítulo, me introducía al medio del libro, al principio, al fin, al
capítulo par, al capítulo impar y ahí estaba la Maga y Horacio y Oliveira y yo.
Recuerdo también que alguna tarde
mis padres tenían visita, era una amiga de ellos, conocida por mí como la tía
Ivana. Hablaban de Rayuela y daban
comentarios muy torpes, el que se llevó el premio fue: No se entiende. Cómo se va entender, si ni orden tiene. Recuerdo
que tuve mi primera manifestación literaria Rayuela
no fue escrita para ser entendida, está para ser sentida, para confundirnos y sojuzgarnos.
Todos esos ojos me miraron y tampoco me entendieron.
Afortunadamente, pude
reencontrarlo años después. Desde entonces lo busco y lo encuentro,
constantemente. Lo escucho, lo leo y lo veo. Su caminar pausado, sus gestos
exactos, sus palabras precisas, su intensa mirada, su r nasal. Es más que evidente que tengo idealizada su imagen.
Siempre he creído o mejor dicho, querido encontrarme con alguien como él. Pero
cada vez que conozco un antipático escritor, pintor o poeta que también lo
admiran, solo veo una espantosa copia. No tienen su tino, sus gestos, su actitud,
ellos lo que tienen es esa imperiosa necesidad de tener la fama de Julio Cortázar. Y es que no lo entienden el
genio es un cronopio, no es un fama.
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