Bordear los treinta años y no
casarte parece ser un gran problema para los padres. ¡Oh! Claro que estamos
hablando de una mujer. Nos guste o no, la liberación femenina no hizo mucho por
nosotras. Les cuento porqué, hoy por la mañana mi madre vino a visitarme con la
firme convicción de que debería casarme. Sí, no me equivoco, utilizó debería.
Empezó hablando de lo terrible que es la
soledad, de la necesidad imperiosa de tener hijos, sobre todo para una mujer.
Así es, no vuelvo a equivocarme, sobre todo para una mujer. Habló de
otros factores esenciales del matrimonio a los que la verdad no le presté mucha
importancia. Pero ahora que vuelve a abrazarme con infinita ternura el insomnio
recuerdo sus palabras y me pregunto ¿cuán esencial para la vida de una mujer es
tener a un hombre al lado? O ¿cuán esencial para una mujer es rodearse de
hijos? Obviamente no he llegado a una respuesta afirmativa. Lo que me intriga
más es pensar que mi madre se casó porque no pudo tolerar la soledad y tuvo a
sus hijos porque le somos necesarios.
Es cierto, la soledad a veces es
desagradable, pero creo que más desagradable es resistir las manías de un
adorado desconocido. Peor aún tolerar más vidas que serán inexorablemente parte
de la mía. Lo siento querida madre, soy una egoísta. Esta vida me obliga a
seguir tolerando única y exclusivamente mis manías. Pero me quedo con la duda ¿fue
tan terrible la soledad de mi madre que decidió convivir con una ajena?
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