miércoles, 29 de octubre de 2014

Soledades

Bordear los treinta años y no casarte parece ser un gran problema para los padres. ¡Oh! Claro que estamos hablando de una mujer. Nos guste o no, la liberación femenina no hizo mucho por nosotras. Les cuento porqué, hoy por la mañana mi madre vino a visitarme con la firme convicción de que debería casarme. Sí, no me equivoco, utilizó debería.  Empezó hablando de lo terrible que es la soledad, de la necesidad imperiosa de tener hijos, sobre todo para una mujer. Así es, no vuelvo a equivocarme, sobre todo para una mujer. Habló de otros factores esenciales del matrimonio a los que la verdad no le presté mucha importancia. Pero ahora que vuelve a abrazarme con infinita ternura el insomnio recuerdo sus palabras y me pregunto ¿cuán esencial para la vida de una mujer es tener a un hombre al lado? O ¿cuán esencial para una mujer es rodearse de hijos? Obviamente no he llegado a una respuesta afirmativa. Lo que me intriga más es pensar que mi madre se casó porque no pudo tolerar la soledad y tuvo a sus hijos porque le somos necesarios.


Es cierto, la soledad a veces es desagradable, pero creo que más desagradable es resistir las manías de un adorado desconocido. Peor aún tolerar más vidas que serán inexorablemente parte de la mía. Lo siento querida madre, soy una egoísta. Esta vida me obliga a seguir tolerando única y exclusivamente mis manías. Pero me quedo con la duda ¿fue tan terrible la soledad de mi madre que decidió convivir con una ajena? 


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